Alférez García, mi Capitán, por la Gracia de Dios y la real mano, que firmó mi patente hace ya unos cuantos años. ¿Me pregunta por mi natura? Yo nací en las afueras de Madrid, al borde de la cañada real leonesa, que luego supe, llegaba hasta Ferrol, donde vi el mar por primera vez siendo un mozo de bigote fino.
Empezaba 1718 y los ministros de nuestro Señor Felipe V decidieron engrosar los recién organizados Batallones de Marina con soldados del Ejército, y se pidieron voluntarios en mi Regimiento, el viejo Galicia, acantonado en Badajoz. Di un paso al frente. Así que se formó compañía para marchar hacia el Norte, por la Ruta de la Plata, primero, y por el Camino Inglés, después, a la inversa. Era una antigua senda romana, creo, que unía Ferrolterra y Santiago, por el que caminaban peregrinos ingleses en demanda la tumba del Apóstol, antes de convertirse en nación hereje y declararse enemigos de España, con la de quebraderos y daños mutuos que salieron de aquello desde entonces.
Cumplí varias campañas en América y Nápoles, y alcancé el empleo de Alférez, que es rango importante, mi Capitán, cosa que sabe, porque el Alférez es el oficial de la Plana Mayor del Batallón que porta la bandera principal.
He sido un hombre afortunado: tengo un tiro de sedal, que me hicieron en un muslo frente a Bahía unos negreros portugueses; y un tajo en la cabeza que solo me marcó la frente y se llevó un trozo de la oreja derecha. De lo demás, bueno, lo normal en un achacoso de cincuenta años, para qué enumerar averías como si fueran virtudes.
Y he visto cosas extraordinarias en esos mares de Dios. Recuerdo una como si la acabase de vivir. Sí, otro tinto, si no lo le importa, pero esta ronda es mía.
Salimos en el “Furor” del apostadero de Las Palmas de Gran Canaria, rumbo a Cuba, y cuando apenas quedaron las Canarias tras la línea del horizonte, una niebla densa como la manteca surgió de la nada. Era la panza de burro más extraña de una más extraña tormenta, con fuertes rayos y bolas azuladas que zumbaban alrededor del buque, y con fuegos de San Telmo en las cofas, centelleantes y verdiamarillos. Anduvimos así varias millas hasta que se hizo un claro en calma y vimos en él una isla, como recién emergida de las aguas, llena de matojos, rocas, corales, lapas y algas de las profundidades. Era brillante y blanca, como de mármol o sal. Saltamos a ella en un chinchorro, pusimos pie en tierra y tomamos posesión del islote en nombre del Rey de España. En ese momento, yo, que iba con la bandera morada del Batallón, clavé su regatón en el suelo. Entonces sonó un bufido y salió de la nada un importante chorro de agua y vapor hacia el cielo, llenándolo todo de olor a pescado. “¡Corre!” dijo mi amigo Bieito, a la sazón condestable de Artillería. “No es una isla, ¡es una ballena y está viva!” Y corrí y corrí hasta el chichorro, con la bandera bajo el brazo, porque un Alférez nunca debe abandonar la bandera del Rey aunque muera.
Al ceñirnos al “Furor” por la aleta de babor, pude ver el ojo del bicho, enorme, desaforado, con una ira dentro que le daba un brillo negro de mil fraguas; y también parte de su boca, con varios arpones clavados en los enormes labios. Era monstruosa, blanca y terrible.
Cuando volábamos por la escala de gato para alcanzar la cubierta del “Furor”, vimos que desde una de las vidrieras abiertas de los jardines se asomaba el páter del buque, D. Simón Agulla, que le gritaba algo en latín al leviatán mientras le lanzaba agua bendita con su hisopo. De inmediato se amansó, cabeceó y dio un salto formidable por el aire. Antes de desaparecer, saludó con la cola y se hundió en las simas saladas. Nunca pudimos saber qué le dijo el cura.
Algunos juraron que no hablarían del suceso, aunque les arrancaran las uñas, pero el Comandante, que quería que su nombre figurara en los atlas, signó el islote blanco en su carta y preparó un informe secreto para el Almirantazgo. Dijeron que mentíamos, pero yo sé lo que vi una ballena blanca como la luna, que confundimos con una isla, con el lomo lleno de algas y algún arpón clavado en los labios y en el costado.
Y ya está.
M.A.
