Fusilero. Uniforme de embarque para climas cálidos, 1717.
Senté plaza, seguí a la coronela morada del tercer Batallón. No me fue mal, tengo vistas cosas asombrosas, las selvas, los animales indescriptibles, los incendios de los buques en combate en las Bahamas, los muros de hielo derrumbándose al mar en la Patagonia.
Recuerdo cómo un cirujano usó una moneda de plata para tapar el agujero de un disparo en el hueso del cráneo y cómo me explicó un Caballero Guardia Marina que en el fondo de los mares hay peces que desprenden luz y tienen patas.
Armada me regaló unas monedas más valiosas que el oro: el recuerdo de la costa de Somalia, con las montañas púrpura, azules y moradas; el agua como mercurio en el Adén; los peces voladores, las selvas antiguas de Madagascar bajo el cielo de la Cruz del Sur, los mercados de los esclavos y las especias, el horror de los combates, las heridas salvajes, el baldeo de las cubiertas tintas de sangre, nuestra bandera sobre paralelos y meridianos…
Quedo a sus órdenes, mi oficial, buenas noches. Y no olvide apagar la pava del veguero, para bien de todos, vaya con Dios.





