Oficial de Mar y Guerra, 1717
Las patentes reales, los títulos, los honores me conocieron como Blas de Lezo y Olavarrieta, el defensor de Cartagena de Indias frente a Vernon, un inglés fanfarrón y mentiroso que asaltó la ciudad con un ejército de esclavos y mercenarios para su saqueo en nombre de su rey.
Finalmente, la muerte, que tanto me había cortejado a lo largo de mi vida, vino a por mí para rendir cuentas al Altísimo el 7 de septiembre de 1741. Durante los bombardeos ingleses, una bala de cañón entró por el jardín del “Galicia” en la cámara del consejo y un astillazo me hirió en la pierna sana. Aguanté la infección, pero finalmente me doblegó cuando los
ingleses pasaron la raya del horizonte en su huida. El virrey Sebastián de Eslava, que durante el asedio fue un cobarde y quiso rendirse, mandó a España informes falsos sobre la defensa y el rey los creyó.
Cuando el papel llegó a Cartagena de Indias yo llevaba un tiempo yaciendo bajo los mármoles del convento de Santo Domingo, con la cruz y los latines lapidarios de rigor. La muerte madrugó la victoria a los leguleyos, les privó de su venganza bujarrona.
El último honor que recibí de mis compañeros fue que mi nombre fuera para siempre el de una fragata de la Armada.
Aquí me podéis ver con mi pierna de palo, a la que tardé mucho en acostumbrarme; mi parche y la «casaca de patente» que el Rey nos dio por uniforme a sus marinos en 1700, azul con vivos rojos y galones dorados haciendo «aguas».





