Granadero. Batallones de Marina, 1717.
Como que me llamo Esteban Cifuentes, y soy natural de Cariño, y granadero de Marina desde hace años, os digo que no leáis, que los libros os poblarán la cabeza de sandeces y eso os puede matar.
¿No os he contado ya cien veces la historia del hijo del virrey y de la expedición a Cíbola?
Aún puedo recordar el día que empezamos la expedición.
Éramos pocos, de los cuales apenas 20 éramos infantes del Batallón de Barlovento, acantonados en Nueva España. Nunca supe porqué terminamos metidos en semejante lío, las decisiones de los mandos y el virrey, yo qué sé, pero el caso es que salimos de Santa Fe con los voluntarios que mandara el niño, veinte dragones “cuera” y unos setenta indios pueblo y apaches.
Todo terminó para la mayoría cuando fuimos atacados por los indios pawnee cerca de un río caudaloso sin nombre, un día de agosto.
Recibí dos flechas en el brazo derecho, perdí el mosquete, intenté mantenerme en pie con el brazo izquierdo armado, pero una tercera Flecha me hizo caer sin que pudiera decir un Avemaría.
Vaya, así que esto es la muerte, pues vaya, pensé. Y caí en un pozo de oscuridad.
Aquí me tenéis, con el uniforme que nos diera el Rey en 1717, casaca de paño de vicuña azul tina, tela conocida como “paño piloto”; chaleco rojo, calzones azules, y el primer modelo de birretina granadera, con manga y frontache azul, con las armas de España en latón brillante, la bolsa granadera y la cartuchera con el ancla de la Marina bien brillante.





