Fusilero. Cuerpo de Galeras, 1728.
Mi madre me llamá Xosé, me dieron las aguas del bautismo en la parroquia de Igrexafeita, y mi padre su apellido, Piñeiro.
Para que estudiara latín, libros griegos y gramática, me ofrecieron, como oblato primero, y como postulante después, en el seminario de Monforte de Lemos, pero ni la tonsura ni los Sagrados Cánones eran lo mío.
Serví 12 años completos en el “Cuerpo de Galeras” por las aguas de Levante, conocí los recovecos y las calas de Menorca, de Túnez, de Creta, de Grecia, de Albania y Dalmacia.
De vuelta a Cartagena, ya soldado estropeado, volví a la Iglesia, después de ardua confesión. Sin decir nada de mi pasado corno seminarista, una vez licenciado, me hice hermano de San Juan, apenas un portero que barría el zaguán del Hospital de la Caridad de la Armada. Vaciaba los orinales, quitaba y ponía vendas según mandaba el cirujano, ayudaba a bien morir a quienes fueran mis camaradas.
Durante aquellos años de servicio como infante de Marina de galeras vestí como mis compañeros de los navíos, pero al revés: casaca roja, chaleco azul, pantalón rojo y medias azules o blancas. Pasado el tiempo, los fusileros de galeras fueron integrados en los Batallones, cuando el Rey Nuestro Señor decidió desbaratar aquellos infiernos a flote que aquellas naves, a donde los jueces condenaban a “muerte civil como remeros”, encadenados al bogo, a los peores delincuentes o a los más desgraciados Casi siempre morían de hambre y agotamiento, antes de cumplir su condena. El uniforme estaba regulado en el Reglamento de 12 de junio de 1728 (Museo Naval de Madrid, Colección Vargas Ponce, Tomo 10B, Ms 85 bis, documento 72, Folios 234-288).





